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El Abrazo y el Terremoto, Parte I. Por Efren Osorio PDF Imprimir E-Mail
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Publicado por Ricardo Silva   
miércoles, 10 de marzo de 2010

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Estimados Amigos: He querido inaugurar este Blogs con un relato vivencial de mi reciente visita a la zona afectada por el Terremoto. Es sólo un relato vivencial sin ninguna otra pretensión. Simplemente he querido compartir mi vivencia humana dentro de una zona desvastada por una tragedia natural y también por una tragedia humana.

Por Efren Osorio

 

 

 

Estimados Amigos: He querido inaugurar este Blogs con un relato vivencial de mi reciente visita a la zona afectada por el Terremoto. Es sólo un relato vivencial sin ninguna otra pretensión. Simplemente he querido compartir mi vivencia humana dentro de una zona desvastada por una tragedia natural y también por una tragedia humana.


I.-  El Viaje
Adelante, a sólo cms de mi nariz,  observo el casco rojo de Cosme; a mi derecha, en la penumbra de la noche,   adivino la  enorme e inquietante desembocadura del río Bío Bío y algunas luces de la refinería de Huachipato; a la izquierda,  el cauce de 3 kms del río  que brilla con la luz de la luna.


Horas antes habíamos intentado cruzar en auto el puente Llacolén, el único puente medianamente transitable luego del terremoto, y que une Concepción con el sector de San Pedro de la Paz. Había sido imposible pues justo lo habían cortado para realizar algunas reparaciones que lo dejarían medianamente transitable. Ahora circulábamos por otro puente que estaba clausurado para todo tipo de vehículos, la humedad calaba mi ropa y el puente de casi 3 kms., estaba  convertido en una verdadera montaña rusa con grietas y escombros.


Cuando Cosme ofreció cruzar en motocicleta por este puente no dudé un segundo, pues era necesario llevarle la Insulina a Felipe,  pero al momento de subirme, apareció mi ridículo temor que siempre me ha impedido montarme de  una moto: que mi pié se enrede en la rueda o en la cadena de la moto. Cosme me mostró  un pequeño soporte junto a cada rueda donde colocar los pies,  ya no podía arrepentirme así que como pude me subí a la moto, coloqué los pies donde correspondía, me puse el casco y palpé en mi bolsillo la carta del Ministerio del Interior, que supuestamente nos permitiría circular durante la noche en medio del toque de queda sin salvoconducto-


La jornada había sido intensa,  habíamos salido a las 4:30 hrs. de Santiago  en dos vehículos. Gracias a la respuesta organizativa que pudimos dar desde el PH, un equipo de los nuestros de Temuco había llegado  a Concepción tres días después del terremoto y sabíamos  que no teníamos heridos ni víctimas fatales,  y  otro equipo de los  nuestros ya había organizado una campaña de ayuda solidaria y salían también rumbo a Alhué, en la Región Metropolitana.


A una semana del sismo, sabíamos  que  nuestros familiares estaban bien,  pero mis padres estaban afectados  emocionalmente luego de hablar telefónicamente con mis tíos.  El entusiasmo de Mireya, mi hermana mayor;  la coordinación de Jéssica, mi hermana del medio, y la organización ingenieril de Eduardo, esposo de Jéssica;  habían permitido realizar este viaje con todas las medidas de seguridad y logísticas  de modo de no ser un estorbo o unas víctimas más de la situación, era un viaje para ver a nuestra familia pero también aprovecharíamos de llevar medicamentos y ayuda a algunos de nuestros amigos de Partido.


Juntamos harta mercadería con los primos que ahora viven en  Santiago  y quiénes nos acogían en aquellos inolvidables veranos de la infancia y adolescencia en Tomé, mucho tiempo que no sabíamos de ellos y ahora el terremoto nos volvía a juntar. También  llevábamos insulina para Felipe junto con la máquinita de refrigeración necesaria, medicamento para el hijo de Mandy y algunas cosas para otros amigos del movimiento.


Ya en la carretera, en una escena que se repetiría los 500 kms. que separan Santiago de Concepción, y en plena madrugada,   nos impresionamos por la gran cantidad de autos, camionetas y camiones que circulaban ansiosos por llegar a destino. Paramos en tres oportunidades en servicentros y observamos el paisaje humano: Muchos jóvenes voluntarios sacándose fotografías con alegría por ayudar; familias con rostros de preocupación con autos llenos de cosas, algunos con tubos de oxigeno para algún familiar que lo necesitara, otros con improvisados carros de arrastre para poder llevar la mayor cantidad de ayuda.


Se palpaba solidaridad y tragedia, el trato y la mirada con desconocidos  era distinta a la habitual, había cierta conexión con sólo mirarse silenciosamente.


La carretera resultó más fluida de lo que pensamos,  pero en los casi 500 kms.,  se observaba la huella de destrucción: puentes cortados, muros caídos, industrias  en el suelo, grietas por doquier, acompañadas de largos  tramos en donde no se observaba ningún elemento que indicara la magnitud del movimiento telúrico.


 


II.- La tragedia natural y la tragedia humana


- Mira cuánto bajó el puente!!!, me gritó Cosme desde dentro de su casco,  mostrándome un sector del puente en donde se apreciaba con claridad  un desnivel de, por lo menos, un metro y medio. Recién ahí se me pasó el ridículo temor de enredarme con la rueda pero fue  reemplazado por  el temor a una réplica fuerte, que hiciera colapsar el puente. Recordé el puente de Río Bueno que  habíamos observado en la carretera rumbo Concepción,  en donde quedó sólo un pilar aislado con unos 5 metros de calzada para adelante y para atrás. Comencé a sicosearme,  como dicen en los sectores populares.


Recordé el cuadro de destrucción pavoroso que habíamos visto horas antes en Dichato, ese balneario varias veces visitado y que incluso un verano lo había pasado,  con familia e hijos,  en una cabaña arrendada  a orillas de la playa, entonces tranquila y casi sin olas. Ahora, Dichato había sido azotado por un tsunami, varias olas gigantescas habían ingresado con furia destruyéndolo todo.


Antes de llegar  a Dichato -cuál prólogo de lo que veríamos más adelante- en una quebrada a varios kms. de distancia de la costa, habíamos observado una lancha pesquera que me hizo recordar el barco de la novela Cien años de Soledad en plena selva colombiana, insólito e impensable. Ya en Dichato fue pavoroso ver el cuadro de destrucción,  imposible de imaginar, incluso con las imágenes de TV que habían mostrado en los días previos.


Un área de más menos 5 kms. de borde costero con un semi círculo de unos 2 kms tierra adentro, todo revuelto, restos de casas o casas casi enteras sacadas de cuajo,  madera, ladrillos, fierros, autos, botes y  lanchones pesqueros como si hubiesen sido revueltos por una gigantesca juguera. Observamos casas semicompletas arribas de otras, autos doblados por una mano gigantesca, lanchones pesqueros sobre el techo de casas; el mar tradicional de Dichato, sin olas y en plena calma, lleno de restos de casas, de restoranes e, incluso, una casa semisumergida flotando al ritmo de las pequeñas olas.


Un cuadro espeluznante donde la tragedia se palpa en cada centímetro, donde dar un paso sobre el suelo y sentir el crujir de madera o vidrios rotos, te hace recordar que quizás debajo de todo eso puede haber restos humanos.


Habíamos llegamos a Dichato acompañados de nuestros  familiares de Tomé, quiénes nos habían recibido una hora antes con estrechos y emocionados abrazos. Su casa estaba bien, toda su gente estaba bien, pero el shock del terremoto y los saqueos producidos posteriormente, los tenía muy afectados  sicológicamente. No podían entender lo sucedido con sus vecinos de un pueblo pacífico y esforzado, otrora con gran organización social producto de la intensa industria textil que hace treinta años existió y que produjo poderosos y organizados sindicatos con un fuerte compromiso social, .y que esos mismos vecinos, ahora se robaban unos a otros.


Los abrazos habían sido largos e intensos, las lágrimas afloraron en nosotros, su vinculación con Dichato era grande pues luego del golpe militar  y con el cierre de las fábricas textiles, la pobreza había azotado fuerte en Tomé.  Mi tía había trabajado los últimos 20 años en un tradicional restaurant de Dichato y gracias a eso había podido educar a sus hijas, una Asistente Social y otra Enfermera Obstetra. Por su parte, mi tío había trabajado los últimos años en la oficina de turismo municipal, en la cual Dichato era la joyita.


Ahora desde la playa, a sólo unos metros del mar, observábamos silenciosos y estupefactos la destrucción, la tía recorría los restos del restaurant emocionada pero enterita, yo intentaba descubrir la cabaña que nos había alojado años atrás, pero no quedaba ni un vestigio de ella.


Entonces la destrucción de Dichato les tocaba más profundamente que sólo lo material, tocaba fibras humanas, de sueños construidos, de esperanzas forjadas en todos estos años. Por eso los abrazos estrechos, por eso esas lágrimas imposibles de contener a pesar de no tener ningún familiar herido o fallecido. Sumado todo esto con el clima de terror por los saqueos, la angustia de ver el cambio del pacífico pueblo en donde todos se conocen y se llaman por cariñosos y divertidos apodos,  por  un pueblo en donde se empieza a desconfiar del otro, en donde las noches se pasan en las esquinas al lado de una fogata y con un palo como defensa.
Entonces la estrechez del abrazo íntimo pasa a ser casi tan importante, como el agua que escasea o la simple marraqueta que casi ya no existe.


CONTINÚA...

 

FUENTE: http://blog.latercera.com/blog/eosorio/entry/el_abrazo_y_el_terremoto

 
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