Son contadas las veces en que he estado presente en un funeral. O sea, sí he acompañado el cortejo fúnebre de personajes emblemáticos por las calles de Santiago; esos son funerales multitudinarios, con atochamientos, consignas y muchas cámaras de televisión. Pero las despedidas más íntimas, incluso en mi ámbito familiar, han sido escasísimas. Si hay algo que rechazo profundamente es esa magra sensación de vacío y ese hedor propio de la muerte que se impregna por todos los poros cuando veo un cuerpo descender hasta el fondo de la tierra.
Pero ayer hice una excepción. No podía quedar indiferente ante el impacto que me provocó la partida del Piojo Salinas a sus 59 años. Así que partí a la CUT (ahí se encontraba el féretro) bien temprano por la mañana para acompañar a sus familiares y –por qué no decirlo- también para observar qué sucedía en el funeral de un personaje ampliamente reconocido entre sus pares como un pionero, un maestro dentro de su especialidad, pero que terminó su vida míseramente, con una espina que jamás pudo desterrar de su corazón y que sólo unos pocos medios de comunicación tuvieron la entereza de publicar. Conversábamos con un amigo el otro día sobre la conveniencia de morirse en verano para que la prensa haga un alto en su producción habitual y empiece a consignar este tipo de noticias no “vendibles”.
En la CUT yacían estacionadas dos micros para trasladar a quien quisiere homenajear al Piojo en el Parque del Sendero de Maipú. Antes de dirigirse al cementerio, los buses hicieron el último recorrido por sus barrios, la última visita por su humilde morada, el último trayecto por la plaza El Cortijo. Algunos vecinos subieron a la micro rumbo al camposanto; uno de ellos me señaló el pasaje del bar donde Salinas pasaba tardes completas. Su misma hija Yorka me había confirmado que la adicción al alcohol terminó pasándole la cuenta y le provocó la aludida infección hepática.
Ya en el cementerio mismo, y mientras el cuerpo de don Benedicto era transportado a su sepultura final seguido por una fila de rostros apesadumbrados, las guitarras hicieron su aparición. Acto seguido, se multiplicaron las cuecas, las palmas, las voces un tanto atragantadas de la gente y sus incondicionales amigos-discípulos payadores. El Piojo lo había pedido así, no quería llanto ni tristeza; con la música la muerte nunca gana la batalla. Era lo mínimo que merecía alguien que durante su vida –porque después del crimen de su familia, no sé si eso ya se llamó vida- entregó tanta alegría a sus seguidores a través de su canto picaresco y su humor natural, tan propio de aquellos tocados con la varita mágica.
En la hora final, antes que el cajón descendiera, llegó el tiempo de los discursos y las emociones, de los recuerdos y las anécdotas jocosas, de las frustraciones y los dolores.. Primero fue su hija Yorka la que rememoró el mayor peso que el Piojo tuvo que cargar: el abominable crimen de su hijo, esposa y cuñada (el caso fue sobreseído en 1993 por la justicia militar). Luego intervino el relator Vladimiro Mimica, un representante del Partido Comunista, dedicatorias musicales emotivas,de parte de Santos Rubio, Alfonso Rubio, Bigote Villalobos, Moisés Chaparro, Nelson Álvarez “El Canela” y Jorge Yáñez, este último conmovido hasta los tuétanos, siempre con lentes oscuros y una pena imposible de disimular. Inclusive habló su ex compañera holandesa Karin (Salinas vivió desde fines de 1986 a 1995 en Holanda) que viajó especialmente desde el Viejo Mundo para brindarle el último adiós. Hasta el Pollo Véliz, fanático del Piojo, llegó hasta Maipú a despedir sus restos mortales.
¿Qué pasaba conmigo en ese instante? Una extraña mezcla entre conformidad y rabia, rabia hacia quienes le destrozaron su vida. Y bueno, la pena normal y entendible de ver desaparecer un cantor, aunque como dijo Jorge Yáñez, sólo muere aquello que se olvida. Pasa que me sentí tranquilo por haber dicho presente y registrar un hecho sin el método periodístico tradicional, sólo con una cámara fotográfica en mano, sin presión por sacar “la” cuña, sin tener un editor que me corrija una palabra; es decir, sólo hecho a través de la observación, redactado en primera persona, bien opinativo y con algunas emociones de por medio. Por eso, larga vida a los blogs. En fin, prosigo.
Ya cuando miles de flores multicolores cayeron sobre su ataúd y los familiares miraban por última vez su rostro antes de hacer la siesta final, por fin se respiró calma. No había asistido mucha gente, pero estaban los que siempre lo siguieron, los que lo admiraron, los que aguantaron sus desvaríos, los que rieron y los que en muy pocas ocasiones lo vieron llorar. El mismo Jorge Yáñez recordaba que el Piojo se resistía a llorar, al menos públicamente. “No lloro de puro maricón que soy”, solía afirmar Salinas cuando lo inquiría Yáñez.
Después de todo, sumando y restando, me retiré con una sensación más agradable que melancólica. Su funeral tuvo tintes de homenaje-recital, hubo instantes festivos, chistes, tallas, aunque también recuerdos incómodos pero necesarios para no atrofiar la memoria. Lo principal es que el canto no estuvo ausente y cuando no está ausente el canto, las despedidas se hacen un poco –sólo un poco- más soportables. Personalmente, creo que los cementerios parques también contribuyen a tolerar ese halo de desesperanza que siempre deja la muerte.
De vuelta a la CUT, me vine con algunos de sus amigos payadores de los ochenta en el bus. Ellos cantaron algunos de sus temas en doble sentido. Y mientras miraba por la ventana pensando en el sino de nuestros cantores populares, escuché decir a uno de los payadores que por fin el Piojo se había “chantado”. Otro sugirió tirarle una petaquita dentro del cajón. Seguramente el Piojo sonrió con la talla, ahora más lejos de nosotros y más cerca de las estrellas.
Por Cristian González Farfán - En el país de Nomeacuerdo
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